Siempre he sido una niña en un cuerpo de grande. Lo recuerdo de toda la vida con mucho cariño y me atrevería a decir que es algo que llevo en la sangre. Desde esa vez que por un dolor en la espalda baja, terminaron haciéndome muchas pruebas a la columna para confirmar finalmente que era un tema genético: Una vértebra desplazada. El golpe fue muy duro pero nunca fue físico sino emocional. Algo muy normal para una persona, aún pequeña, que sólo quería jugar básquet. Luego de pasar muchas visitas médicas terroríficas, porque el panorama era operarme de la columna (que en ese entonces era bastante delicado), usar corset para siempre y evidentemente dejar de jugar a mi deporte favorito. Esto último me dolió tanto como si me hubiesen apuñalado y por consecuencia, también a mis padres, que lo vivían y disfrutaban tanto como yo, pero como creo que la suerte siempre ha estado de mi lado, coincidí con el mejor doctor que me pudo haber tocado. Uno que normalizara mi situación y que no me aterrorizara como ya lo habían hecho antes. Recuerdo mucho a ese doctor y recuerdo cómo fue esa visita, pero lo que más me llamó la atención, fue cuando revisando las miles de pruebas que me habían hecho, nos dijo que era una adolescente de 15 años con un cuerpo (haciendo referencia a la estructura ósea) de una niña de 8. Aquí está el tema que me interesa, porque más allá de lo que es el físico, mi manera de ver la vida coincide con la visión de una niña y lo he venido a descubrir a mis 31 años y 3 años de terapia.
Leave a comment