Mi mente es muy poderosa y muchas veces me ha asustado hasta dónde puede llegar. Le he empezado a dar protagonismo últimamente a algo que seguramente muchos conocen como “pajas mentales” porque he descubierto que con los años me he vuelto experta (incluso me compré un libro para aprender a combatirlo). El intento quedó en el olvido porque me di por vencida, mi cabeza va muy rápido y a veces no puedo controlarla. Lo positivo es que aunque no haya logrado solucionarlo, al menos he conseguido identificar mis miedos y lo que según yo, apeligra mi mente. El avance puede ser mínimo pero quiero creer que es bueno.
Dentro del sinfín de temores que ya he sabido reconocer, el sentimiento de culpa es incontrolable. Digo incontralable de manera tan segura porque cualquier acción viene con un sentimiento de culpa, en pequeñas o grandes magnitudes, pero da igual, siempre viene y está presente. ¿Por qué? Fácil de responder. Porque estoy acostumbrada a servir al resto, a decidir en base a lo que el otro quiere, por encima muchas veces, de mis propios deseos. Y ya lo sé, el problema es mío y está en mí revertir este tipo de situaciones. La teoría la conozco de memoria pero si fuera tan fácil, seguramente no estaría escribiendo ahora mismo.
Volviendo al tema, aquí es cuando digo ¡Mierda! ¿Cuántas cosas he hecho para manternerlos felices, aún sabiendo que yo no lo era en lo absoluto? Incontables. Perdí la cuenta porque yo he cumplido los deseos de muchos, pero muchos no han cumplido conmigo. Aunque no quiero sonar como la víctima porque se también que las decisiones las he tomado siempre desde el corazón, lamentablemente hay una sensación que no logro quitarme hasta hoy: El sentimiento de sumisión pero de eso ya hablaré más adelante.
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